Al estar por libros de historia y de genealogía, la de historia de Salta se reduce a un puñado personajes de actuación pública y a unas pocas “familias principales” presentadas como únicas protagonistas del pasado y únicas merecedoras de pertenecer a la sociedad. El monumento de un prócer siempre se levanta sobre cuerpos de miles de muertos anónimos en una guerra. Ese tipo de historia se parece a las primeras guías telefónicas de Salta: tenían unos pocos abonados.
En dos de sus libros publicados, de más de ochocientas páginas, y en cientos de artículos, Roberto Vitry dirige su atención no a grandes y trillados personajes, sino a esos salteños que no se oyen, no se ven, no se recuerdan. Durante más de sesenta años, Vitry trató con esa gente común, que contó historias que luego él escribió.
“Siempre me interesó rescatar personajes y acontecimientos considerados pequeños y, por eso mismo, olvidados y subestimados.
Eso es un error, porque los pequeñas hechos son los hilos con los que se trama la historia”, explica Vitry. ¿Qué conclusión saca ahora, después de cuarenta años de investigación?, pregunto. “En esos fragmentos perdidos hay cosas muy interesantes. La suma de
ellos enriquece nuestra historia, la humaniza”.
Vitry fue uno de los precursores del montañismo en Salta. Esa actividad de escalar y de rastrear “tapados”, le estimularon a excavar capas del pasado. “Si quieres conocer un deporte, tienes que conocer sus raíces, su historia”, leyó hace años. Nieto de un francés del Marne, llegado en 1880, e hijo de un artesano herrero y ebanista que se radicó en Embarcación en los años de 1920, Vitry es un periodista fogueado en calles y redacciones.
La madre de Roberto, tucumana de apellido Medina Salinas, tuvo once hijos. “Fui el primer varón después de cuatro mujeres. Soy
bien chaqueño”. Cursó el secundario en el Colegio Nacional. A los 18 años se fue a Buenos Aires para cumplir con el servicio militar. Su estadía porteña comenzó en 1952 y se extendió a 1957. Allí fue escolta motorista de Perón.
“Cuando llegué a Buenos Aires, conseguí trabajo en un bar que estaba en la esquina de Suipacha y Lavalle. Cerca de ahí estaban las oficinas de la agencia “Télam”.
Muchos periodistas de “Télam” iban a ese bar. Comencé a interesarme por sus charlas. Un día, uno de ellos me invitó a conocer las
oficinas. Después comencé a trabajar allí como cadete. Estar en una redacción despertó mi interés por el periodismo”. El 9 de junio de 1955, cuando aviones de la Marina, descargaron odio bajo forma de bombas en alrededores de la Casa Rosada, Vitry estuvo allí como testigo del salvaje bombardeo.
“También vi arder la Curia, al lado de la Catedral. Después presencié la demolición a cañonazos de la casa donde estaba la Alianza Libertadora Nacionalista de Patricio Kelly”. En 1957 regresó a Salta, se incorporó a la sucursal de Olivetti y se integró a un club de bochas. En 1958, se incorporó a “Gauchos”, el más importante de los cuatro equipos de rugby que había en Salta. Ingresó al Club Amigos de la Montaña, y fue su presidente desde 1973 a 1988.
Cuando los trenes aún corrían por los rieles, en
los pasos a nivel había un cartel con una gran X en los que se daba un simple y atinado consejo:
“Pare. Mire. Escuche”. Vitry aplicó esa advertencia a en sus búsquedas de historias. “El montañismo me acercó a muchos criollos
viejos de los que escuché historias, alguna reales y otras maravillosas, pero también válidas.
Siempre tuve curiosidad, busqué, pregunté, escuché y anoté”.
En 1959 comenzó en “El Tribuno”. En 1967 ingresó al diario “Norte”, que dirigían Biella y Decavi. Su memoria guarda nombres
de periodistas: Rovega, Fernández Iriarte, Vergara, Jul, Cacho Zapata, Celso Salva, Justo Román Bravo, Oscar Nella Castro, Oscar
Ortín, Lucio Paz, López Tanco, Néstor Quintana, Adolfo Sánchez Rueda, Andolfi, Luciano Jaime, Pilá, Rocha, Buby Molina, Malaco
Trogliero, María Rosa Guerrero, entre otros.
Pronto Vitry fue jefe de la sección deportes. En 1966 propuso hacer un suplemento diario del Mundial de Fútbol que ese año se jugó en Inglaterra. “Vos estás loco. Estás agrandado,” le dijo un administrador.
Deportes era “una isla”. Poco interesaba entonces. Un día, a algún ahorrativo contador se le ocurrió suprimir el servicio de la
agencia de noticias. “Fue absurdo. Lo que hice fue llevar un receptor Tonomac para sintonizar la BBC y otras radios europeas y argentinas. Con eso reemplacé a las agencias”.
En 1997 Vitry comenzó a escribir “Mujeres salteñas”, su primer libro en donde recoge biografías de 430 mujeres de Salta: desde Juana Manuela Gorriti a Corina Lona, de la Rusa María –proveedora de placeres carnales-, a la docente Benita Campos y mujeres pobres y meritorias por su trabajo. Para Vitry la historia de Salta puede dividirse en dos: la historia de la vieja Salta (1582 a 1860) y la Salta de los inmigrantes (1860-1960).
“Investigué mucho
en el Archivo del Arzobispado, donde hay valiosa información. Algunos dicen que las mujeres estaban relegadas, que solo se dedicaron a tareas de la casa. No es así. Muchas mujeres se hicieron cargo de actividades comerciales, no sólo preservaron el patrimonio de sus maridos sino que lo incrementaron”. Vitry es un libro abierto que no hace alardes de lo que sabe ni pretende más retribución que recuperar esos fragmentos de memoria.
Vitry no se limita a ese libro y a otro reciente: “Salta añeja”. Durante 40 años reconstruyó la historia de los franceses en Salta. “Terminé de escribirlo. Es un libro de más de 500 páginas que espero editar”. Sin otro apoyo que su voluntad y su capacidad, y sin otros recursos que los propios, Vitry hizo una obra que -como tantas en Salta- no es valorada, aunque sí hay tiempo para fingir ignorarla y ningunearla. Por charlar, el café casero se enfría en la taza. La conversación se enciende. Nos despedimos. Quedan ganas de seguir escuchándolo.
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